El timo de la deuda soberana (II parte)

“El proceso de creación de dinero por los bancos es tan simple que repugna a la mente. Tratándose de algo tan relevante parece que un mayor misterio podría ser lo conveniente” (John Kenneth Galbraith).

“El dilema es que nada de esto está incluido en el currículum académico. Y el silencio de los más importantes medios de comunicación, la incapacidad de los mismos para informar de estos asuntos, o todavía para reconocerlos, hace que resulten invisibles, salvo para sus beneficiarios, que son quienes manejan el sistema”. (Michael Hudson).

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Alfredo Apilánez, TRAMPANTOJOS Y EMEBELECOS | El Salmón Contracorriente | 14 octubre 2016

Out of thin air
El mecanismo de generación masiva de deuda pública a mayor gloria de las cuentas de resultados de los mastodontes de las finanzas palidece delante de la función neurálgica que cumple en el sostenimiento de la rentabilidad del sistema de la mercancía la creación de dinero-deuda (“es tan colosal el expolio y está tan bien oculto que casi resulta hermoso”) porl sistema bancario.

En un entorno de dinero-papel fiduciario (sin respaldo metálico) -“el abandono de la convertibilidad del dólar en oro –el Nixon Shock– en 1971 eliminó la última válvula de seguridad, el último anclaje en la acumulación real”- y delante de la declinante tasa de ganancia del capitalismo en la fase neoliberal, la creación de dinero-deuda es el fulcro neurálgico del entramado que permite el sostenimiento del “encarnizamiento terapéutico” que –en la feliz metáfora de Anselm Jappe- el actual estado de la acumulación de capital provoca en el cuerpo social.

La matriz económica actual deviene pues una distopía cuyo núcleo reside en el “crédito a muerte” del que charla Jappe para extraer crecientes réditos de los ingresos reales de la ignara masa laborante por medio del flujo continuo de intereses, comisiones y demás exacciones financieras. Michael Hudson describe la esencia del proceso: “Fundar la política nacional en el sueño quimérico de servir intereses por la vía de tomar prestado dinero a cuenta de unos precios de activos más y más hinchados”.

Obviamente, el huero discurso de los sacristanes que propagan el credo neoliberal soslaya convenientemente tales extremos.

La “música celestial” de la teoría económica habitual sosha de los bancos llevan a cabo una simple función de “intermediación de fondos prestables” –la sempiterna teoría de la banca de reserva fraccionaria y el multiplicador de los depósitos, dogma de fe en los cenáculos de la academia y también en los palafreneros de la prensa especializada-. Reciben depósitos de los ahorradores y les abonan una tasa de interés. A continuación, prestan estos mismos recursos a los agentes que desean invertir en una corporación productiva o adelantar una decisión de consumo. Del diferencial de tasas de interés provienen sus beneficios.

Hasta aquí la cantinela con la que son torturados los estudiantes de economía mientras que sufren la lobotomía intelectual con la que se les “obsequia” en las facultades y escuelas de negocios del mundo entero. Como precisa rotundamente Nadal: “Todo lo precedente es un cuento de hadas que poco debe mirar con la realidad. Primero, en el mundo real los bancos proveen financiamiento por medio de la creación de dinero. Los bancos ofrecen préstamos, pero no precisan tener en sus bóvedas los fondos precisos para otorgar préstamo. Ni la disponibilidad de ahorros de recursos reales ni la disponibilidad de reservas del banco central limitan la concesión de préstamos y creación de depósitos. La causalidad se invierte: los préstamos hacen a los depósitos, no a la inversa. Se cree que el 95% del dinero circulante es realizado por la banca privada por medio de la generación de préstamos”.

Incluso la palabra préstamo es engañosa en este contexto: se presta lo que se tiene y el banco no tiene lo que afirma prestar. La promesa de pago es bastante para poner en circulación nuevos billetes que antes no existían. Pese a que a mucha gente le parezca sorprendente, el banco no tiene el dinero que “presta”, lo que sí tiene es el poder legal para crearlo”.

El engaño se trata de que en la práctica no hay dinero real en el sistema financiero, solo deudas

“El engaño se trata de que en la práctica no hay dinero real en el sistema financiero, solamente deudas”. La moneda tangible (billetes y monedas del banco central, que no representan deuda) supone solamente un 3% del dinero circulante. El resto solo existe como entradas de datos en pantallas de PC y fue realizado por los bancos en forma de préstamos que reportan jugosos intereses.

Martin Wolf, en un artículo en el tótem de la ortodoxia financiera- el tabloide británico Financial Times– lo expresó meridianamente: “la esencia del sistema monetario actual es la creación de dinero, de la nada (“out of thin air”), por los préstamos con frecuencia insensatos de la banca privada”. ¿Por qué no medra el dinero así realizado hasta el infinito? Por el hecho de que el dinero realizado por un banco al otorgar un préstamo se extingue cuando el préstamo es abonado.

La inferencia lógica es de una magnitud abrumadora: los bancos crean dinero para el préstamo pero no para los intereses. Éstos se deben abonar con más préstamos y más extracción de riqueza real, lo que transforma la espiral de la deuda y la sobreexplotación profesional en las conditio sine qua non de la actual fase parasitaria de la acumulación de capital –no hay desarrollo sin deuda creciente- y, al mismo tiempo, en su límite más importante.

La pasmosa (ahora se comprende mejor la frase inicial de Galbraith) conclusión es que un banco no quiebra por la carencia de devolución de préstamos (el banco que pierde un préstamo no pierde nada –sólo deja de ganar los intereses- ya que el préstamo no es dinero de los ahorradores sino realizado como apunte contable) sino por el efecto combinado del cese de la demanda solvente de préstamo, la fallida de titulizaciones –activación de “eventos de crédito”, que obligan a indemnizar a los inversores en cédulas hipotecarias y demás derivados financieros- y la insolvencia y descapitalización derivadas de la depreciación de los activos colaterales –toneladas de ladrillo y suelo desvalorizados- provocada por un shock de demanda y la consiguientemente abrupta caída de los precios inmobiliarios.

Algunos curiosos y aparentemente marginales acontecimientos vienen a refrendar, muy didácticamente, el fantástico mecanismo de la alquimia financiera.

En 1969, conforme relata Nadal, una insólita sentencia judicial en el Estado de Minnesota emitió potentes ondas sísmicas en contra de los cimientos del negocio bancario fundamentado en la creación de dinero ex nihilo. El señor Daly –tras retrasarse en las cuotas y recibir la subsiguiente demanda de la entidad bancaria acreedora- reclamó paralizar la ejecución de su hipoteca y el ulterior “lanzamiento” de su casa –en España, sin dación en pago, se habría quedado además con la deuda restante de por vida- con el inverosímil argumento de que el banco “no había utilizado dinero real, sino virtual, para efectuar el préstamo”. Sin amilanarse por la indiferencia displicente del tribunal y los componentes del jurado delante de su peregrina demanda, el abogado Daly contó con un apoyo inesperado: “en el proceso fue llamado a declarar el señor Lawrence Morgan, dirigente del First National Bank of Montgomery. En su testimonio declaró que, efectivamente, su banco había realizado enteramente los 14 un millar dólares al registrar una entrada en su contabilidad acreditando dicha suma al señor Daly, tal como si éste hubiera realizado un depósito por esta cantidad. En las curiosas palabras del funcionario del banco, ‘tanto el dinero como el préstamo empezaron su existencia cuando fueron realizados de esta forma’”. “Me suena muy fraudulento,” expresó, conforme relata Ellen Brown, con pasmada incredulidad, el juez Martin Mahoney, entre asentimientos de numerosos componentes del jurado. La sentencia fue favorable al demandante al quedar acreditado que el contrato era nulo -“al carecer de una contraprestación legítima porl banco”- y el señor Daly conservó su casa.

La “deuda pública” es una ficción y el techo de la deuda una farsa

El justiciero Mahoney, que llegó a conminar con procesar y exponer al veleidoso banco delante de la opinión pública, murió menos de seis meses tras el juicio, en un enigmático (sic) accidente que al parecer involucraría envenenamiento. La reflexión final –extraoficial- del malogrado administrador de justicia puso el dedo en la llaga de las colosales implicaciones ético-económicas de la extravagante sentencia: “Si yo dejara que usted y los otros hicieran esto, todo el sistema bancario se desplomaría. No puedo dejar que se sitúe tras el mostrador del banco. ¡Nosotros no miramos tras esta cortina!”

Descorriendo la cortina
“La crisis de la deuda no es una locura de la especulación desaforada, sino el intento de mantener con vida un capitalismo agonizante”

Maurizio Lazzarato
El afortunado señor Daly ha conseguido quedarse con su casa pero la praxis bancaria de “no poner nada al otro lado del contrato de crédito” se exacerbó bajo la égida del capitalismo financiarizado de la era neoliberal. Al crear dinero con este acto de prestidigitación, los bancos han hecho medrar la cantidad de dinero-deuda en la economía un 11.5% añal en los últimos 40 años. ¿Cuál es pues la angosta imbricación entre la generación masiva de deuda privada y la planificación económica encaminada a pugnar por sostener la premiosa marcha de la tasa de ganancia en la fase neoliberal? Como aclara Lapavitsas: “mientras que la acumulación real no ha visualizado variantes interesantes, la clase capitalista ha hallado nuevas fuentes de ganancia por medio de la aparente puesta al día de los mecanismos de financiamiento.

Tal vez el desarrollo más importante en este sentido haya sido el avance de la expropiación financiera de los trabajadores”. La provisión de recursos financieros a la “empufada” ciudadanía para sostener la demanda agregada y la financiación de la languideciente inversión productiva se satisfacen pues con el préstamo que inyectan los bancos en la economía. Los economistas ortodoxos consejeros del -sorprendentemente transparente- Banco de Inglaterra Kumhof y Jakab nos iluminan a este respecto: “Si bien los bancos no tienen límites técnicos para un aumento veloz de la cantidad de sus préstamos, enfrentan otras restricciones. Pero el límite más relevante, principalmente durante los períodos de auge de ciclos financieros (cuando todos los bancos deciden prestar más al tiempo), es su propia evaluación de su rentabilidad y solvencia futuras”. Así pues, la banca nueva actúa en las épocas de auge como un pirómano delante de un bosque frondoso. En palabras de Nadal: “La actividad de creación monetaria de los bancos se incrementa cuando la economía está en la fase ascendente de un ciclo: las expectativas sobre el desarrollo y las ocasiones de negocios son buenas y el banco participa gustoso del entusiasmo, por el hecho de que cada nuevo deudor aumenta su rentabilidad (…) así pues, la actividad bancaria es intensamente procíclica”. Las necesidades de recursos para la reproducción del sistema se satisfacen con el préstamo que inyectan los bancos al circuito económico.

Siendo máquinas generadoras de burbujas, los bancos privados originan enormes cantidades de deuda –ya que su rentabilidad depende de la cantidad de préstamo que puedan generar- en la fase álgida del ciclo y, sin solución de continuidad, cierran bruscamente el grifo en la fase descendente delante de la contracción de la actividad y la implosión de las burbujas directamente provocadas por su voracidad acreedor. Ello extrema la hipertrofia de los mercados financieros y el neurálgico mecanismo de la titulización. Lapavitsas de nuevo: “Para los bancos comerciales, involucrarse en expropiación financiera se traduce primariamente en préstamos hipotecarios y de consumo. Pero dado que las hipotecas típicamente tienen larga duración, una fuerte preponderancia de las mismas habría vuelto las hojas de balance bancario insoportablemente ilíquidas. La réplica fue la titulización, esto es, la adopción de técnicas de banca de inversión. Las hipotecas se originaban pero no se mantenían en la hoja de balance”. Este espectacular descubrimiento (empaquetar los préstamos y esparcirlos por la nebulosa de los mercados para poder seguir endilgando otros nuevos) fue llamado el modelo bancario de “originar y distribuir” que caracterizó la plétora de productos financieros “creativos” fundamentados en préstamos hipotecarios de baja calidad (subprime) en el inflado de la colosal burbuja de 2007.

Lo precedente refleja igualmente que los bancos fungen como planificadores económicos dirigiendo la financiación masivamente hacia el mercado hipotecario y la creación de burbujas en los mercados de activos y no hacia la financiación de la inversión empresarial.

Con el agravante de que, como aclara Lapavitsas, “las finanzas orientadas a los ingresos personales apuntan a agradar necesidades fundamentales de los trabajadores -vivienda, pensiones, consumo, seguros, entre otras-. Difieren cualitativamente de las finanzas orientadas a la producción capitalista o la circulación. Los individuos se concentran en conseguir valor de uso, mientras que que las corporaciones apuntan a la expansión del valor”. Ello incide de lleno –dicho sea de paso- en el enorme potencial deshumanizador y creador de angustia que el dogal de la deuda genera en el desvalido individuo endeudado y, para más inri, enfrentado a los hiperbólicos recursos predatorios de las entidades financieras.

Difícil mejorar el intachable relato de Estaban Mercatante sobre los heraldos que anunciaron el ineludible afloramiento de las cosas contradictorias del sistema: “¿Por qué todo eso debía acabar en crisis? En última instancia, el proceso de aumento de la explotación, aumento de la inversión financiera y generación de burbujas, ha sido una larga fuga hacia adelante, donde el capitalismo consiguió recuperarse de la crisis pero las cosas contradictorias que le empujaron a ella solamente fueron resueltas de manera parcial (…) La rentabilidad se recuperó gracias a la mayor explotación del trabajo, pero en un proceso que involucró también la creación masiva de deudas impagables, y el recurso creciente a mecanismos de valorización financiera en una importancia que no guarda relación con la generación de plusvalor”.

La deuda como instrumento imprescindible de la acumulación de capital en la fase neoliberal se transforma en su límite más importante.

El ex gobernante del Financial Services Authority –responsable hasta de la regulación del sistema financiero británico- Lord Turner, declaró en el mes de febrero de 2013: “La crisis financiera de 2007-2008 se produjo por el hecho de que no fuimos capaces de limitar la creación de dinero, préstamo privado y titulizaciones hipotecarias porl sistema financiero”.

Así pues, el sustrato del que se nutre la médula espinal del sistema de la mercancía no es otro que la agudización de la expropiación financiera como fuente extra de obtención de beneficios en la esfera de la circulación, distribuyendo la plusvalía no acumulada en el desarrollo de nuevas inversiones productivas hacia las capas sociales rentistas que tienen por función consumirla: al suplir el menguante consumo salarial, el consumo rentista -la renta como expresión del derecho de propiedad sobre activos revalorizados por la financiarización- es uno de los pilares del mecanismo de reproducción del capitalismo actual.

Como describe Jorge Beinstein: ”El aparente “circulo virtuoso” había visualizado su auténtico rostro: en realidad se trataba de un círculo vicioso donde el parasitismo financiero se había expandido gracias a las contrariedades de la economía real a la que drogaba mientras que la cargaba de deudas cuya acumulación terminó por enfriar su dinamismo lo que a su vez bloqueó el desarrollo del globo financiero”.

Toda la maquinaria de la deudocracia nueva, sostenida al alimón por la banca central y el ámbito financiero privado, encaja, como anillo al dedo, con la mencionada arquitectura de parasitismo rentista característica de la demediada realidad presente del sistema de la mercancía.

El creciente refinamiento de los mecanismos de la expropiación financiera, que arrambla con fracciones crecientes de la riqueza social, no refleja más que la creciente necesidad predatoria del capitalismo neoliberal delante de, como apunta la cita inicial de Nadal, el fracaso de “dimensiones históricas” del entramado tradicional de la acumulación de capital de la fase fordista de los “treinta gloriosos”. Lo que no debemos olvidar es que, como apuntan amargamente las lúcidas palabras de Nakatani: “Lo relevante es que estos procesos afectan a diario a la gente; aumenta la tasa de explotación profesional, las jornadas de trabajo, los recortes en la seguridad social, la asistencia médica y la educación; una parte fundamental de la remuneración de los capitales, en el casino global, es fruto del trabajo humano”.

Autor: Alfredo Apilánez, TRAMPANTOJOS Y EMEBELECOS | El Salmón Contracorriente | 14 octubre 2016
Fuente: https://www.elsalmoncontracorriente.es/?El-timo-de-la-deuda-soberana-II

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